Hildegarda de Bingen doctora de la Iglesia desde 2012

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La Navidad se está acercando a su fin. Tratándose esta de una festividad religiosa, me ha parecido oportuno hablar de una mujer que rompió con los moldes de la vida monacal: Hildegarda de Bingen. Nombrada doctora de la Iglesia en 2012, es una de las figuras más fascinantes del siglo XII, una época igualmente interesante. Cuando la sociedad feudal comenzaba a flaquear, defendió la necesidad de reformar la Iglesia, escribió de manera profusa y fundó monasterios. Teniendo en cuenta que se trata de una institución cuya importancia ni siquiera podemos imaginar hoy, ese papel protagónico y activo la convierte en una pionera a reivindicar, como siglos más tarde lo fue Teresa de Jesús.

Hildegarda, el regalo a Dios de una familia noble

La vida de las mujeres nobles en la Edad Media eran propiedad privada de su familia. Su capacidad de decidir era escasa o ninguna. Desempeñaban un papel fundamental en los acuerdos comerciales y dinásticos de las mismas. La mayoría de las veces, los jóvenes eran una suerte de moneda de cambio para ellas, aunque a los hombres se les trataba con mayor laxitud. El deber de ellos era pelear y ser buenos administradores. A las mujeres, por tanto, les quedaba la oración y el control de las tareas domésticas: ser el alma de la casa.

Había una segunda opción: ofrecerlas a Dios. Este es el caso de Hidelgarda. Era la menor de diez hermanos, su aportación a la familia ya no era necesaria. Por tanto, desde el inicio de su vida se la entregó para la vida religiosa y quizá fuera esta decisión la que posibilitó que pudiera desarrollar todo su genio. Su educación corrió a cargo de la condesa Judith Spanheim. Gracias a ella, aprendió latín, canto gregoriano y se familiarizó con las Escrituras. Cuando cumplió 14 años, maestra y discípula entraron en el claustro de un monasterio masculino hasta esa fecha.

La vida en el monasterio es de recogimiento y oración, con le único objetivo de preparar el alma para el encuentro con Dios. No en vano, son las monjas de clausura la que han desarrollado toda una historia de literatura mística, en la que se asegura haber percibido físicamente su presencia, así como la comunicación con él. Hildergarda dejó constancia de sus experiencias en Scivias y en otras obras posteriores

Hildergarda: una emprededora dentro de la Igesia

Independientemente de lo que creamos sobre las mismas, lo cierto es que las mujeres más conocidas de la Iglesia afirman haber tenido dichos encuentros, al tiempo que hacían propuestas radicales para modificar aquellos aspectos de los que discrepaban, ¿necesitarían el apoyo de dichas experiencias para legitimar sus papel activo? ¿Serían vividas como reales?

A principios del siglo XII, las voces discordantes ya cobraban fuerza en la Iglesia. Mientras un sector defendía la vida privilegiada del clero, otros hablaban la necesidad de retomar un estilo de vida más pobre y humilde, dispuesta al servicio de la gente. En este sentido, ya como abadesa Hildergaga señala que ha recibido una luz que le impelía a fundar monasterios en lugares hoscos y complicados, como la colina de San Ruperto, pero no obtuvo el permiso. Esto la contrarió tanto que, incluso, se resintió su salud.

Sus dolencias se interpretaron como una manifestación divina. Por tanto, esto, más una serie de intermediaciones de personas muy poderosas, provocó que el arzobispo terminara accediendo. Así, ella y otras 20 monjas se desplazaron hacia el enclave señalado para ponerse manos a la obra.

Hildergarda y su influencia política

Las fuerza de su obra literaria y religiosa, junto con sus experiencias místicas, la colocaron en una posición de poder inaudita para la época, hasta el punto de que el propio emperador Federico I Barbarroja se entrevistó con ella e intercambiaba correspondencia con Hiderlgarga. Dentro de la Iglesia, se le dio espacio para que esta predicara ¡Recordad que estamos hablando de una monja de clausura!
Su meta estaba muy clara: recuperar los valores cristianos difundidos en el evangelio. Estos eran la pobreza y la entrega al prójimo y a Dios. Por ello, fue claramente en contra de aquel alto claro que vivía en palacios, rodeados de lujo y alejados e indiferentes a las vidas de sus feligreses.

En este sentido, sus escritos, sus prédicas y su fundación de monasterios formaron parte de un movimiento revolucionario dentro de una Iglesia que daba la espalda a los necesitados. Gracias a ella, el debate sobre la importancia del clero en la vida de la gente se avivó y se alimentó. La rigurosidad de sus afirmaciones fue reconocida por nobles y religiosos, que la vieron como una referente espiritual. Tanto es así, que hace unos años el papa Benedicto se le reconoció su valía como intelectual.

La vida Holdergarda habría sido muy diferente, de haber sido más valiosa para los intereses de su familia. Por suerte para ella, pudo estudiar y formarse sus propias ideas. Ideas que defendió hasta su muerte, sin cejar en su empeño por educarse y hacer valer su vida.

 

 

 

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